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La elegancia de nuestras abuelas

Hoy inauguro el apartado de las reflexiones. Quiero pensar que tomando forma están mejor que en mi cabeza. Una vez aquí, se amueblan, y se aclaran. Dentro de mí, no hacen más que dar vueltas, retorcerse y chocarse unas con otras. Me gustaría también que abrieran un debate sano al respecto, o que ayudaran a alguien que anda buscando algo inconcreto, y entonces se da cuenta de que esto le sirve. Este apartado es muy personal, poco objetivo. Aunque se llene de lenguaje literario, no es literatura, en el sentido de que no es un cuento, no es un poema. Si lo que buscas es una poesía, este no es el sitio. Tampoco será mi espacio exhibicionista terapéutico para con mis obsesiones.

Una vez, en un taller de escritura creativa, la profesora nos pidió que escribiéramos en un papel nuestras obsesiones. Nos dijo, que las obsesiones son motivaciones para construir narrativa. Nuestras obsesiones pueden crear mundos. Había escritores obsesionados con la ecología, con la manera en la que estamos destruyendo nuestro planeta, mordiendo la mano que nos da de comer. Todo el mundo tenía una larga lista de obsesiones, cosa que me sorprendió. Mi lista tampoco estaba nada mal.

Podéis probar vosotros a hacerlo, hay que escribir desde la pasión. Si algo te apasiona, es mucho más fácil dejarse llevar. Yo no soy partidaria de pensar demasiado cuando escribo, porque no quiero pecar poniendo demasiado de mí misma en mis escritos. Procuro olvidarme del yo, puede resultar absurdamente místico pero es una tendencia que he compartido con varios escritores. La creencia de que cuando escribes, estás conectando con algo mágico. La palabra mágico aquí tiene un sentido metafísico, y no sobrenatural. Pero ahora no quiero irme por las ramas, con el tema de cómo concibo yo la escritura.

Quería hablaros hoy de envejecer. Quería rendir tributo a las personas mayores. Utilizo eufemismos porque hay que nombrar con belleza y no por escabullirme. No es el caso.

Hoy me he puesto a pensar en la elegancia de mis abuelas. Mis abuelas vivieron el franquismo y la posguerra. Cosas que yo he estudiado a regañadientes en los libros. En sus ojos, puedes ver como el tiempo deja su singular huella. El tiempo, las cosas que vivimos, los seres a los que amamos.

Mi abuela, se queda sorprendida viendo pasar a las chicas jóvenes, con sus pantalones caídos, enseñando su ropa interior despreocupadamente. Yo las miro, y veo libertad, pero sé que a mi abuela le entristece. No puede encontrar ningún punto de unión con esas chicas que van de botellón, y el sentirse alejada de la juventud actual, le hace tener conciencia de lo lejos que la suya ha quedado. Como sé lo que siente, sin apenas hablarla, la cojo suavemente del hombro y devuelvo su rostro a la casa. Las casas de los abuelos son tremendamente grandes, y siempre tienen habitaciones vacías.

Las habitaciones vacías son como los fantasmas que molestan con ruidos tétricos en plena noche. Recuerdan el pasado, el glorioso pasado. Cuando las habitaciones estaban tan llenas que apretaban el aire los cuerpos invasores. Ahora, el viento corre por la casa, dando portazos, dichoso de encontrarse solo. Hasta que se cruza con mi abuela, que siempre tiene frío.

A mí me gusta escuchar cuando la casa era joven. Las grietas vinieron al unísono que las primeras arrugas, que las primeras canas. A veces pienso que mi abuela y esa casa, han hecho una simbiosis, y que cuando el corazón de mi abuela se pare, la casa se caerá a pedazos.

Cuando la casa era joven, mi abuela esperaba rigurosamente una fiesta para estrenar vestido. La expectativa se cumplía, como se cumplía con paciencia hasta la luna de miel. Y entonces, ella quería simular a Gilda, y se ponía su vestido, buscaba un bonito broche y salía orgullosa a la calle. Eran tiempos de posguerra, y no había mucho que comprarse ni para comprarse, y mis abuelas eran felices con mucho menos de lo que tenemos nosotros en crisis.

 Estas mujeres siempre estaban elegantes, querían ser como las actrices de la gran pantalla. La elegancia no era tan sólo, llevar un vestido bonito, sino el estilo innato de cada una. Lo que ahora se esfuerzan por retratar los diseñadores retro o vintage. Ese estilo propio que llevan dentro las mujeres, y que en este mundo moderno de posibilidades estamos desaprendiendo, fingiendo personalidades o siguiendo los dictados de los de siempre.

La elegancia no era sólo saber vestir sino que era saber estar. Todas querían ser las más educadas en una cena, las mejores personas cada año. No quiero pensar que eso era producto de la opresión religiosa, sino que esas mujeres querían ser mejores cada día, y lo eran, de manera tan sencilla y tan poética como una manzana desnuda sobre uno de los austeros muebles del Escorial.

Se preocupaban por ser bellas, pero no estaban obsesionadas con su cuerpo. Las curvas de Marilyn volvían locos a los chicos, y todas deseaban tener un vestido blanco que rellenar hasta estremecer la calle. Aquí los escotes estaban mal vistos pero las curvas no habían llegado a censurarse.

He dejado a mi abuela en casa, y salgo a la calle. Me gusta palpar en el perfume de mis amigas, todo lo que hemos logrado las mujeres. Pero entonces me doy cuenta de lo que queremos plagiar con nuestra moda, y pienso en los modelos de mis abuelas y me pregunto si hemos perdido un poco el rumbo por innovar. Al fin y al cabo, la moda es arte y una que es sensible para estas cosas, se preocupa al no ver armonía. La armonía no sólo vive del clasicismo, pero no todo lo nuevo es lo mejor.

Sonrío al saber que cada vez somos más dueñas de nuestras vidas, pero una conversación más sobre amor, sobre dietas, me hace pensar que no hemos roto aún nuestro techo de cristal y que es probable que nos estemos estancando, al engañarnos creyendo que ya hemos vencido. Siempre hemos podido vivir esclavas de nuestro cuerpo, y de nuestros hombres, lo que no hemos podido hacer siempre es ser libres, crear con libertad, aprender lo más posible y machacar nuestro cerebro en el gimnasio de nuestros sueños. ¿Realmente somos tan modernas como hubieran soñados nuestras abuelas ser? Yo no me conformo aún con esto, y aún sólo estoy hablando de Occidente.

GILDA: ” Si fuera un rancho, me llamarían tierra de nadie”.

 

Modelo de pasarela

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1 comentario

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